EL SILENCIO DE UN TALLER DE GUITARRAS
Por la parte trasera del taller se filtran los rayos del sol y en sus chorros de sinfonía silenciosa, saltan las pelusas. En el banco de trabajo, está dispuesta una tabla de pino para ser cepillada. Ocupando una gran parte del cuarto, una mesa destartalada de villa, sirve de estante para piezas de madera, tornillos, clavijas y cuerdas. Todo el contorno del taller está lleno de un centenar de guitarras, la mayoría descuajaringadas, con las cuerdas en la boca, astilladas el vientre, roto el brazo, descharoladas. Silenciosas. Tristes. El olor de la madera ha penetrado en todo y actúa como bálsamo del taller.
Así entre herramientas, guitarras, madera y viruta, encontramos a don Alfredo Muñoz con sus 70 años cumplidos, que le van minando su salud y las condiciones físicas. Ha construido guitarras desde siempre, porque prácticamente nació en la carpintería, pues su padre tenía el mismo oficio.
El maestro Muñoz sabe todos los secretos del instrumento. Los construye pieza por pieza. Pone las cuerdas y las afina bien, pero no entona una sola melodía. Hasta allí llega su trabajo, allí se quedó por ser obediente a su madre, cuando muchos años atrás, un día de preocupación le prohibió que aprenda a tocar la guitarra porque los amigos le inquietarían a beber.
De acompañante, asistió a muchas serenatas, en las que escuchaba el sonido excelente de los instrumentos salidos de sus manos, luego de trabajar los maderos toscos y convertirlos en hermosas piezas que derraman música.
Las maderas preferidas para la elaboración de las guitarras, por sus condiciones, son el capulí, platuquero, nogal, cedro y pino. Una guitarra -recuerda- que se vendía en 150 ó 200 sucres, pero ahora en 1987, sobrepasan los 3000. Una guitarra la construye en ocho días de laboriosidad y paciencia. Una guitarra dura de acuerdo al trato -dijo el Sr. Muñoz- pero frecuentan su taller se llena por composturas, en especial después de carnaval. Nunca se sabe si la guitarra sirvió, hasta, de poncho en una pelea. Vienen muy estropeadas -dijo- y aquí se les arregla, pero algunos las han traído varias veces para que les cure algún mal.
Ese instrumento foráneo, de formas que evocan una caricia, con el transcurso del tiempo, se ha convertido en nuestro. El ingenio y la habilidad de nuestros artesanos, difundieron, enormemente, el cultivo del arte musical, pero por desgracia, lenta pero inexorablemente se va perdiendo por el impulso incontenible de la tecnología moderna y la ocupación banal a la que estamos obligados por las circunstancias reinantes.
Hasta cuando seguirá haciendo guitarras -preguntamos- y el maestro, sacándose los lentes y dejando ver unos ojos cansados, nos dijo: "ya no más guitarras".
Riobamba, abril de 1987


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