LADRILLOS Y MÁS LADRILLOS




Chambo está convertido en un horno que necesita, anualmente, miles de árboles para quemar toneladas de tierra.

En Chambo, a pesar de que un terreno está vendido, no cambia de dueño. Se vende la capa de barro para la fabricación de ladrillos y tejas. La cantidad que se extrae depende del arreglo entre comprador y vendedor. Hay vetas pequeñas, así como capas que llegan hasta tres metros de profundidad. Las excavaciones se hacen en terrenos de cultivo, y pasado un tiempo prudencial, luego de anegar las "piscinas" con agua de crecientes, el suelo está, nuevamente, en condiciones de seguir produciendo.

Las ladrilleras y tejerías, han proliferado en los últimos diez años. Se localizan en San Jorge, El Carmen, Catequilla, El Tambo, Quintus, Chucllín, Guaructus, Guayllabamba, El Rosario, El Vergel y San Juan. La industria de ladrillos y teja, existió siempre en Chambo, pero los que hacían este trabajo "eran conocidos y contados".

Existe alrededor de 150 hornos para quemar ladrillos, teja y alfarería. En lo que se refiere a los ladrillos, se produce -en números redondos- unos dos millones y medio al mes. Riobamba utiliza para sus construcciones, entre el 70 y 80 por ciento de la producción. A más de vender en Riobamba, se lo hace en ciudades cercanas, sin faltar desde luego, los envíos a lugares distantes.

Sólo el invierno obliga a detener o disminuir la actividad.

¿CÓMO SE HACEN LOS LADRILLOS?

Seleccionada la tierra se miden los "tantos" para una tarea diaria de una persona, que consta de 700 ladrillos moldeados. Se desmenuza el barro, se agregan las partes de tierra blanca, aserrín y ceniza (el ladrillero sabe la cantidad precisa para obtener buena calidad) y enseguida se pisa con animales, preferible bueyes, que dan vueltas permanentes y dejan suelta la "masa de barro". Se deja reposar la mezcla para que coja "punto" y poder modelar con facilidad.

Como en todo trabajo, en el sector rural, la familia participa de la jornada. Todos ayudan; incluso los niños que se confunden con los ladrillos recién hechos, con su ingenuidad, tratan de imitar a sus padres.

Luego que los ladrillos se han oreado por un tiempo prudencial, se voltean y posteriormente se arruman, quedando como un gigantesco dominó, simétricamente colocado.

El barro modelado y seco al sol, pasa al horno.  Siguiendo un orden predeterminado por la experiencia, se colocan los ladrillos de tal manera que del primero al último reciban la misma cantidad de calor por los ocho días que dura el fuego. Si el armado de la hornada falla, se producen los ladrillos semicrudos que se quiebran con facilidad, o a su vez salen "recochados", quemados y deformes.

Para el deshornado hay que esperar algunos días, esta parte del trabajo es rudo, el calor todavía no ha desaparecido y el polvillo dificulta la respiración, produciendo en los trabajadores, permanentes, ataques de tos.

ÁRBOLES CONVERTIDOS EN CENIZAS

La leña es el combustible para los hornos. Sirve cualquier madero; pino, ciprés, capulí, eucalipto o árboles del monte. Para mantener la actual producción, al menos, se necesitan de 4000 metros cúbicos de leña al mes.

Los desechos de la combustión, el polvo del ladrillo, el mal uso de los productos químicos utilizados en el vidriado de la alfarería, la extracción de grandes cantidades de tierra y la deforestación, en poco tiempo, causarán graves problemas a la ecología del sector, por lo que es necesario que se tomen las debidas precauciones para evitar dificultades posteriores.

La casa -de hace años- tenía necesariamente el zaguán y patio central enladrillados, inclusive las piezas para la vivienda eran enladrilladas. El albañil criollo desarrolló entramados especiales para formar figuras agradables.

Del cercano Chambo, permanentemente, las recuas de burros hacían su viaje monótono a Riobamba. El recuero animaba a sus animales y anunciaba su llegada con silbos y gritos. Los perros del vecindario ladraban a su paso. Ahora ya no escuchamos el tropel de la recua, ni sabemos si vienen los cargamentos de ladrillos y tejas. El transporte es ágil, los camiones se deslizan veloces y el vecindario ya no los toma en cuenta.

Riobamba, noviembre 26 de 1985 



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