Llegué muy temprano, vía aérea, desde Quito a Macas.
Pasada la una de la tarde debía embarcarme en una avioneta que apenas soporta 9 quintales de peso. Para ello, minuciosamente, nos van pesando, con equipaje y todo, para no pasar del límite.
Escucho con preocupación que no hay espacio para el arroz y la avena y, al fin, deciden que llevarán un poco de cada artículo y lo demás se queda para otros vuelos. Se carga unas latas de atún, huevos, un poco de arroz y la avena.
El resto de los víveres, que ya estuvieron adentro del aparato, se los saca. Otras fundas de avena se pueden llevar, dice el encargado y mis miradas son de mayor preocupación y, al último que lo pesan, le van poniendo en sus brazos algunas fundas para establecer el peso exacto en la báscula. Listo le dice, y la carga está completa.
Hilario Saant, un dirigente Achuar, me dice; que el clima está malo y la avioneta se moverá mucho. Esto está feo, me vuelve a decir, y se ríe.
Al fin, se suben los equipajes y el piloto está listo. Me dan el asiento de preferencia, el del copiloto, por lo que les digo a mis nuevos amigos; no se preocupen que ahora están en mis manos. Pero realmente tengo miedo.
En pocos minutos se pone en marcha el motor. El piloto presiona botones y teclas. Se calibran los equipos de vuelo y la pequeña avioneta sale del hangar y toma pista, y, en un santiamén, decola con gran facilidad y me empieza la sensación de que debajo de mi no hay nada, o sólo un abismo. La avioneta se sigue empinando como una cometa, y se aleja, cada vez, de la pista aérea de Macas, rumbo a Wasakentsa, cantón Taisha, provincia de Morona Santiago.
En algunos claros de la selva, de trecho en trecho y muy distantes, se dejan ver las chozas nativas y las chacras.
Luego la montaña tupida con sinuosidades que dan paso a la cordillera. La avioneta empieza a bailar y las alas, a momentos, vibran y un ruido constante me pone en alerta.
El viento sopla fuerte y la pequeña nave parece que se detiene y suspende en el aire, y luego se zafa de la ráfaga de viento y sale para, en poco rato, tener la misma sensación de suspensión en el aire. El vuelo sigue tranquilo y cuando menos se lo espera se produce un vacío y la avioneta cae, y la angustia sostenida en un suspiro hasta que el viento detiene el aparato y sigue su marcha.
Creo que en cada sacudida mi temperatura aumenta, sudo copiosamente; los 25 grados que marcaba el termómetro en Macas aumentan a cada instante.
Pasamos la cordillera del Cóndor, y en pocos minutos el panorama se vuelve redondo, parece que tengo una corona como ojo de pez. Veo hasta el infinito y se me dibuja un semicírculo de una planicie verde y que en la línea del horizonte se levante un azul profundo.
Estamos en la Amazonía profunda, hermosa, temida, desconocida.
Una pequeña línea se mira a lo lejos y supongo que es la pita de aterrizaje. Esta en medio de la montaña. Conforme avanza la avioneta puedo mirar las chacras y distinguir cultivos de plátanos, yucas y al fin de identifican personas que esperan al filo de la pista.
Los motores disminuyen su poder, la avioneta se pone en línea y el piloto, un joven experto con miles de horas de vuelo, se acerca a la tierra, y, al poco rato, se siente como las llantas se topan con el suelo y la dejan rodar, diría que suavemente por la pista polvorienta.
Hemos llegado a Wuasakentsa.
Desembarcamos y cargo mi mochila e inmediatamente subimos a un cajón de remolque que es halado por un pequeño tractor para recorrer el trecho desde la pista a la misión Salesiana.
He compartido con un grupo de habitantes de Morona Santiago y Pastaza, que la mayoría tuvo que hacer un viaje de muchos días por la selva.
1.-Miguel Callera Santi
2.- Eduardo Tsawant Tentets
3.- Jaime Vargas Canelos
4.- Ivan Pedro Freire Vargas
5.- Aurelio Freire Vargas
6.- Aij´Ankuash Vargas
7.- Chim Chias Saant
8.- Yampia Rusi Taish
9.- Sumpiniach Kiakua Vanante
10.- Ujukam Kawarim Tseremp Gonzalo
11.- Tanchim Chumap Ankuash
12.- Sumpimanch Sanchik Yencham
13.- Chuim Mukuin Chumpi
14.- Yawá Peas Kamijiu Esteban
15.- Unkum Kiakua Warush
16.- Ernesto Tseremp Naichap Chapack
17.- Miguel Benito Tseremp Mashu
18.- Luis Efrén Vargas Cueva
19.- Pascual Sonor Callera
20.- Héctor Gerardo Wampach
21.- Antik Fernando Tsamarín
22.- Gonazalo Wisum Yuyukam
23.- Tanchim Tuntrik Etsá Domingo
24.- Taish Clemente
25.- Hilario Saant
26.- Tsamarín Tukup Cristóbal
27.- Ichinki Kuje Kajekui
28.- Yaur Tentess Shakai
29.- Carlos Palora
30.- Héctor Ichinki Tseremp Antum
31.- Yawa Shekai Tsentsemp
32.- Napoleón Peralta
33.- Antonio Granda
34.- Adriana Sosa
Estuvo para recibirnos y despedirnos el padre Domingo Bottasso. Allí encontramos al cura Lucho, un lojano que apenas vimos porque emprendió viaje para las misiones.
También llegó el padre Silvio Broseghini, salesiano organizador de la Fundación Chankuap.
Al final llega el día 20, para la salida de la montaña. Por radio informaron que a las 7h15 estará la avioneta llegando a Wasakentsa pero el paramo no disminuye y las nueves siguen impertinentes; con un clima así no podrá aterrizar la avioneta me dijeron, y mi espera, ahora sí, se vuelve angustiosa.
Es hora de volver, fue suficiente por una primera vez, y, además, se calculó mi estadía, hasta hoy.
En la tarde están previstas otras actividades en Quito, y en la noche retornar a Riobamba, para seguir con mi trabajo de maestro en la ESPOCH.
El tiempo y el uso del tiempo en la cultura mestiza es diferente a la del achuar, ellos se quedan donde les coja la noche y con buen tiempo inician la caminata al siguiente día, que en ocasiones se convierte en un trajín de 15 y más días por la selva. Que importa el tiempo si hay bastante tiempo. La vida es tan distinta; se carga la escopeta, la mochila con unas cuantas cosas y la mujer le sigue atrás con una poma de chicha para un viaje con retorno incierto.
Wasakentsa, del 13 al 20 de diciembre de 1999.





Publicar un comentario